jueves, 27 de mayo de 2010

CON MÁS PARECIDO QUE IGUALDAD


Lo reconozco, acabo de participar en un taller sobre educación en igualdad (entre mujeres y hombres se entiende) y estoy altamente sensibilizado.

No es que haya descubierto nada nuevo, es más bien la constatación de lo que queda por hacer y el largo camino lleno de baches que se perfila en el horizonte.

El taller se ha realizado en un colegio público en el que el censo de familias (que no el del alumnado) sumado al personal docente supera la cifra de 450 potenciales participantes. La realidad es que al final no llegamos a una docena, con total ausencia del cuerpo funcionarial del centro y una representación del sexo masculino igual a dos, o sea, otro y yo.

No pasa nada, estoy acostumbrado. Ya ocurrió lo mismo con un Taller sobre Educación Sexual que no pudo llegar a realizarse por falta de participantes a pesar de contar con personal cualificado y un enfoque nada sospechoso en cuanto a política y perversiones varias.

Conclusión: Lo sabemos todo sobre educación sexual. Y qué decir en materia de igualdad, donde podemos dar lecciones a cualquiera. Porque claro, “si pasan cosas es porque ellas se empeñan, que si no se metiesen donde no las llaman, no pasaría nada” o porque “podemos ser iguales si cada cual sabe dónde está su sitio”.

En fin, triste panorama.

Pero me estoy apartando del tema y no es esa la cuestión sobre la que yo quería escribir. De lo que se trata es de lo difícil y lamentablemente casi imposible que es conseguir un cambio real en una materia tan delicada y tan necesaria como la igualdad. No es sólo por una cuestión de educación y de ancestral machismo, no es que se confunda feminismo con “hembrismo”, no es que la R.A.E. no admita “miembra” aunque sólo sea como acompañante del miembro, es por todo eso y por muchísimo más.

La igualdad subvierte el orden establecido, rompe tradiciones y normas sagradas, trastorna el orden moral de nuestra sociedad y lo más peligroso de todo, hace dudar.

La igualdad verdadera nos haría replantearnos el papel que la religión da a la mujer. En el cristianismo empezaría por aquella a la que sólo se nombra como “Madre” o “Virgen” y nunca como mujer. Empezaría por cuestionar el sexo de Dios, ya que si no tenemos su retrato exacto pero estamos hechos a su imagen y semejanza, ¿por qué pintarlo con barba y no con pechos?.

Nos haría preguntarnos sobre la lógica de determinadas políticas. ¿Para qué sirve un Ministerio de Igualdad, cuya ministra o ministro, si lo hubiere, jura o promete el cargo ante una Monarquía que se salta la lógica línea sucesoria hasta el tercer descendiente porque éste es varón?.

Se rompería un mercado segmentado, donde el marketing define cúal debe ser nuestro aspecto y papel en cada momento de nuestra vida, diciéndonos, que no descubriendo, cúales son nuestros anhelos y esperanzas, cómo, dónde y cúando debemos vivir.

Dejaríamos de hablar de violencia de género y pasaríamos a hacerlo sobre el trato entre iguales.

La igualdad verdadera nos obligaría a usar terminología inclusiva en vez de excluyente, aunque se suponga que la que existe incluye por defecto. Tendríamos que buscar la coherencia en vez de la comodidad.

Querríamos lo mismo para nuestras hijas que para nuestros hijos.

Desterraría por completo el “siempre ha sido así” o “es una tradición”, parafraseo favorito de quien se niega a evolucionar.

Conseguiría que la sensualidad de nuestro cuerpo pudiese vivirse sin culpa, con aceptación y sin estar sujeta a juicios morales que dependen de lo apretado del tejido o el largo de la prenda que vestimos.

Si fuera una igualdad auténtica, lo que la naturaleza nos hubiera puesto entre las piernas no determinaría el rol social y nadie podría molestarse o juzgar.

Si fuera de verdad, sería lo mismo descender de un puto que de una puta. El sexo se viviría sin culpa ni suciedad, porque también en eso seríamos iguales, nadie se somete a nadie.

O sea, que para ser iguales hay que cambiar y, o nos da mucha pereza o nos da mucho miedo. En cualquier caso, siempre podemos seguir disimulando y jugar a ser iguales aunque, en realidad, sólo nos estemos pareciendo.

Javier Esteban

P.D.: He intentado escribir utilizando un lenguaje no sexista. Creo haberlo conseguido y he de confesar que NO ME HA COSTADO TANTO.

martes, 4 de mayo de 2010

Intervencionismo.


Mucho se habla de la cultura subvencionada, se dice que responde a los intereses e ideología de quien la subvenciona, pero se analiza muy poco la realidad circundante.

La perversión del lenguaje es tal que confunde los términos y así se define lo subvencionado como lo “mantenido”, en el más putanesco sentido de la palabra. Especialmente si se refiere al cine o el teatro, donde el mensaje suele ser mucho más explícito.

Antes de continuar, quiero dejar constancia de que no trato de hacer una defensa de la subvención ni una apología de la cultura subvencionada. Simplemente, dada mi experiencia, quiero transmitir una reflexión personal. No es verdad absoluta, ni siquiera relativa, es solo una opinión.

Desde mi modesto punto de vista, y refiriéndome al teatro, estoy convencido de que es en el ámbito de lo subvencionado donde se respira una mayor libertad y espíritu crítico. Curiosa paradoja, cuando el discurso reinante es el contrario, aquel que dice que “la taquilla os hará libres”.

Pienso que es obvio que la taquilla es mucho más acomodaticia, no hay más que ver el panorama actual. La programación a taquilla está llena de famosos y famosetes, repetición de fórmulas televisivas, lo que antes se llamaba humoristas y ahora se llama “monologuistas”, los cacareados musicales (importados y nacionales) y afortunadamente algo de danza y circo. No hay nada más. Bueno quizá me olvido de algún título de “alta comedia” (más de lo mismo desde hace más de 30 años), algún nada inquietante “Muñoz Seca” sobrado de años y polilla y .... Nada más.

Ese es el panorama “libre”, el no subvencionado.
Aunque mayoritariamente el teatro subvencionado tampoco inquieta más ni es más critico, sí es más proclive a la aparición de propuestas con vocación de ir más allá del mero entretenimiento. Quizá porque no depende de la taquilla, es decir de la popularidad, ni de la rentabilidad económica.

Sería muy largo entrar a discutir si el teatro debe ser algo más que un simple pasatiempos, pero baste recordar que si lo convertimos en eso, deberíamos hacer lo mismo con la literatura, principal fuente dramatúrgica del teatro y exigirle a otras artes como la pintura, la escultura o la fotografía, que contemplen sólo un aspecto estético, olvidando toda postura ética o crítica.

Por norma general, las subvenciones teatrales se dirigen a abaratar los costes de producción y exhibición de un espectáculo, esto permite hacer mejores espectáculos y hacerlos llegar a un mayor número de poblaciones. Pero también aquí aparece la perversión, que se muestra de formas distintas en función del capítulo subvencionado. Si se trata de la producción, la creencia general e interesada es la de que si recibo 4 me gasto uno y el resto se reparte entre los componentes de la Compañía con el fin de dar gusto y rienda suelta a los más bajos instintos consumistas, cuando la realidad es bien distinta. Que nosotros sepamos, y ya llevamos 20 años en esto, no existen en teatro las subvenciones a “fondo perdido”, eso quiere decir que todo lo que se recibe está fiscalizado (auditado) y justificado (factura a factura). Es más, si se recibe 4 es porque se han pedido 10, y no se trata de justificar lo recibido, se trata de justificar el coste total del proyecto, que fácilmente podría ser 20.

La otra modalidad, la que se refiere a la exhibición o gira de un espectáculo, incide directamente en el bolsillo del espectador. ¿Cómo si no es posible acudir a un espectáculo teatral por menos de lo que cuesta una entrada de cine o una copa?, ¿Cómo si no es posible que un espectáculo con “famoso/a” recale en una población con menos de 10.000 habitantes y para una sola función?. Por cierto, queremos tener al famoso/a en nuestro pueblo, tenemos derecho y si ha estado en el de al lado, ¿por qué no en el nuestro?. ¿Para qué vamos a pedir que los dos pueblos se pongan de acuerdo y no programen lo mismo aunque apenas estén a 5 kilómetros uno de otro?.

Y ya puestos, ¿no es más intervencionista que la propia subvención, aquel concejal o alcalde que decide lo que se puede o no se puede ver en su población en función de su criterio ideológico o de su rentabilidad política?, ¿acaso no resulta más intervensionista que la propia subvención el programador obligado a llenar su teatro para convencer a su alcalde o concejal de lo acertado de su gestión, aunque para ello se guíe únicamente por criterios de estricta comercialidad?.

¿No será que hemos olvidado el verdadero objetivo de la cultura?.

No. Creo que no. Porque el verdadero objetivo de la cultura, en este país y a día de hoy, es adocenar. Cambiar criterios sociales por económicos. Evitar que nos movamos de nuestra casa. Sospechar de los del pueblo de al lado. Y sobre todo, ser rentables, rentables y rentables. No vaya a ser que la banca gane menos.

Pero tranquilos, ya quedan menos subvenciones y los teatreros, que no tenemos derecho a paro, nos haremos humoristas (perdón he querido decir monologuistas) que es más barato y adocena más.

Por cierto, prometo hablar otro día de ese público mayoritario que no inquieta a los alcaldes y concejales, y de ese otro público dispuesto a no dejarse amaestrar y al que la programación se empeña en echar de los teatros.

Javier Esteban

viernes, 8 de enero de 2010

CIUDADANOS SIN ETIQUETAR


Existe un tipo de ciudadano que dice pasar de política, que, en teoría, no tiene ninguna ideología y cuya única militancia conocida es la que le une a un determinado equipo de fútbol. Basan esta desidia política en la desconfianza hacia los partidos políticos “son todos iguales” suelen decir, “unos corruptos que sólo miran sus intereses” añaden, “así que yo paso de política” sentencian.

Podríamos discutir sobre lo acertado de renegar de la política en función de que quienes viven de ello no nos ofrecen ninguna confianza, postura que en mi opinión sólo se justifica desde la ignorancia, pero considero más interesante fijar nuestra atención en dos aspectos que, a mi entender, lleva implícita la postura de este tipo de ciudadanos.

En primer lugar llama la atención la incoherencia que supone “pasar de la política”, porque no se fían de los partidos políticos y, sin embargo, votan religiosamente cada cuatro años por uno de esos partidos de los que desconfían. Tal vez sean los mismos ciudadanos que en su papel de padres nunca van a misa, porque desconfían de los curas, y sin embargo apuntan a sus hijos a religión para que reciban enseñanzas tuteladas por esos mismos curas.

No obstante, el aspecto más significativo de este tipo de ciudadanos es que, posiblemente sin saberlo, mienten: no pasan de la política, les interesa, y mucho, pero no lo saben o, al menos, no saben que eso que tanto les interesa es política. Tú hablas con ellos de temas sociales o económicos y tienen una opinión, no sé si propia, pero opinión al fin y al cabo. Opiniones que les sitúan en una determinada tendencia política. Dependiendo del asunto que se trate pueden pasar de ser comunistas convencidos a neoliberales ultra ortodoxos ¡y ellos sin saberlo! Y si tienes la osadía de señalárselo se ofenden ¡A mi no me llames eso! te dicen arrugando el ceño ¡Coño, pero si me acabas de decir que se tendría que privatizar la sanidad y la televisión pública, como quieres que no te llame ultra neoliberal! ¡Yo no soy comunista! se defienden ¡Pero si acabas de decir que el gobierno tendría que nacionalizar la banca en vez de inyectarla dinero! Hay más ejemplos, como el que dice que pasa de los reyes “y todo ese rollo de la monarquía” para, a continuación, jurar y perjurar que él no es republicano, o el otro que achaca a los nacionalismos todos los males del país mientras se zampa unos callos a la madrileña y defiende, a grito pelao, que como en España no se vive en ningún lao.

Todos estos ejemplos ponen de manifiesto que estos ciudadanos, “pasotas de la política”, tienen en realidad una ideología y que por mucho que a ellos les molesten las etiquetas toman posturas que les identifican con tendencias determinadas. Otra cosa es que ellos no sean conscientes de ello y crean que lo que piensan es consecuencia de una postura personal y despolitizada: quieren que se privatice la sanidad y la televisión porque les molesta que el dinero de sus impuestos se utilice para “regalar” medicinas a los inmigrantes o se malgaste en programas de debate y de cultura que les aburren o, por otro lado, quieren que se nacionalice la banca porque les jode que con su dinero los banqueros puedan seguir disfrutando de una orgía capitalista a la que ellos no han sido invitados. Todo relacionado con “su dinero” y nada que ver, por supuesto, con neoliberalismos o comunismos. Pero se equivocan. Abogar por que se privaticen los bienes públicos tiene un nombre: neoliberalismo, cuyas raíces beben del culto a la desigualdad y el reparto asimétrico de la riqueza, ideas que alimentan el desprecio al inmigrante o el gusto por la frivolidad, entre otras muchas cosas. Nacionalizar la banca es cargarse de un plumazo el principal cimiento del capitalismo: la propiedad privada, y como todos sabemos la ausencia de propiedad privada tiene un nombre: comunismo ¿Estamos entonces ante unos ciudadanos que, sin saberlo, son neoliberales, comunistas o ambas cosas a la vez?… ¡No!… Estamos ante unos ciudadanos que no saben lo que son, algo que les convierte en muy peligrosos. Quién sabe lo que es sigue una dirección elegida y manifiesta ante todos sus intenciones. Quién no sabe lo que es sigue la dirección hacia la que le empuja el viento. Que el viento sopla neoliberal, todos neoliberales. Que el viento sopla comunista, comunistas. Que el viento sopla fascista….pues eso.



CARLOS TAPIA

martes, 15 de diciembre de 2009

Mytilus Edulis


Creo que algo fundamental que define la libertad es tener la posibilidad de elegir. En otros ámbitos a esto se le llama libre albedrio. Para poder elegir se han de tener al menos dos opciones o un sí y un no. Cada elección lleva aparejadas sus consecuencias. Al fin y al cabo toda nuestra vida se construye a base de elecciones, al menos en la parte del mundo en la que en general se pueden tener opciones. Por supuesto quiero incluir aquí la cierta y conocida máxima que dice “mi libertad termina donde empieza la de mi prójimo”. Así que creo que puedo afirmar que hasta aquí todos podemos estar de acuerdo.

El conocimiento genera opciones. De esto saben mucho los de las guerras, ya que según dicen ellos cuanto más conozcas a tu enemigo más fácil te será vencerlo.

También es cierto que hay quien piensa que es mejor no conocer, es más ni siquiera nombrar, afirmando con su actitud algo tan dudoso como “lo que no se nombra no existe”.

Y por supuesto están los que sin conocer nombran y juzgan.

Al final, estos dos últimos, carecen de libertad y en general abogan por negársela a los demás. Cosa que hacen apropiándose del término al decir que es “su conocimiento de la verdad absoluta lo que les hace realmente libres”. A mi esto siempre me ha sonado a falta de opciones y de curiosidad.

No entiendo muy bien por qué molesta que el otro elija una cosa distinta a la mía. Y tampoco entiendo por qué para convencer de mi verdad es necesario negar el conocimiento y la existencia de otra u otras. Igualmente incomprensible me resulta tener que asumir algo que me encontré preestablecido pero sobre lo que sin embargo tengo derecho a decidir.
A modo de ejemplo diré que puedo adorar la esbelta figura del mejillón y los inigualables brillos de su concha negra. Hacerme collares y camisetas, celebrar el día del mejillón, dar a conocer sus innumerables virtudes y convertirlo en el centro de mi existencia. Soy libre de hacerlo, pero no puedo imponer a nadie el culto a su figura porque siempre hay quien prefiere las almejas, que por otra parte también son muy ricas.

Así que en los espacios comunes me abstendré de colocar en omnipresecia al mejillón, porque son eso, comunes, de todos y de todas. Y no vale eso de que ese mejillón lleva ahí 58 años y no molesta a nadie. Pues no. No vale, porque cada vez que uno mira al frente te lo encuentras, porque situado por encima de la cabeza da la sensación de que te colocas bajo su mirada y eso impone, porque hay quien ignorando mi libertad me dice que ese mejillón me ama o que soy su hijo y esto último me inquieta muchísimo.

No es que me moleste el mejillón, es que hay más opciones y solo me publicitan esa.

Por cierto también es muy triste que en el cole solo te den la libertad de elegir entre el mejillón o la nada, como si las chirlas o las almejas no existieran y no fueran tan bonitas y antiguas como los mejillones, siendo como son de la misma familia, o sea, moluscos bivalvos.

Respeto pido además para quien no quiera degustar semejantes manjares marinos y se decida sólo por conocer sus pormenores biológicos y los ecosistemas en los que se encuentran o por excluirlos directamente de su dieta, que de todo hay.

Libertad no es creer, es elegir. Y que nadie se inquiete, ya cargaré yo con las consecuencias de mi elección.

Javier Esteban

jueves, 26 de noviembre de 2009

¡Qué mundo, señor-es y señoras!


Realmente vivimos en un mundo en el que el miedo se utiliza para discriminar, dominar y aplastar, pero desde tiempos inmemoriales... Era el tema de nuestro Giordano y lo más preocupante es que este hombre vivió en el s. XVI, nosotros estrenamos el espectáculo en 2003 y ahora mismo sigue estando de absoluta actualidad. Evolucionamos mucho como especie, sobre todo en lo que a economía se refiere, y afortunadamente también hemos evolucionado mucho en lo referente al pensamiento lo que pasa es que eso, en el día a día, no se ve mucho. En el aspecto económico sí, al menos si tienes la inmensa suerte de vivir en el primer mundo, si vives en los otros submundos colindantes la evolución económica se nota pero por el abismo inmenso que día a día se abre más profundamente y que te separa radicalmente del llamado "bienestar.

El pensamiento ha evolucionado efectivamente pero a pesar de ello seguimos con los mismos miedos y la misma mentalidad inmovilista desde hace siglos, lo que ocurre es que lo disfrazamos de modernidad. La religión, todas las religiones sin excepción alguna, sigue haciendo estragos en nuestras conciencias adormecidas y aunque la historia de nuestro planeta debería ser suficientemente aleccionadora como para desterrar de una vez por todas la ficción y separarla de la realidad del ser humano, con toda su grandeza y toda su miseria, nos seguimos agarrando al "por si acaso" y seguimos bautizando y haciendo comulgar con ruedas de molino a nuestr@s hij@s" mientras cerca de nosotros agonizan l@s hij@s de otros ciudadanos del mundo cuyo mayor temor es tener que cubrir de tierra la vida que engendraron antes siquiera de que hayan podido asomarse a la belleza de este mundo, que eso sí que tiene que dar miedo y llenarte de angustia, pero de la de verdad, no de esta angustia que nos hemos fabricado nosotros y que se pasa con Prozac o unas buenas vacaciones. O la de los niños que viven absolutamente solos, abandonados a su suerte y a merced de los depredadores varios que caen sobre ellos como plagas.

Pero no importa porque ahí está la cercana Navidad, que nos hará sentirnos a todos mejores personas si llamamos a un programa de la tele y donamos 50 ó 100 €uros en la mega gala de turno que hace ganar millones y millones a las compañías teléfonicas, o hacemos llegar a los niños "más desfavorecidos" los juguetes que ya no nos caben en la habitación de nuestr@s hij@s porque hay que hacer sitio a la nueva tanda que se avecina, o llevamos los zapatos que ya no usamos al Corte Inglés para que los envíen a África (que ya que nos hemos acercado hasta allí para llevar los zapatos usados aprovecho para comprar...).

Si fuéramos capaces de quitarnos de encima el peso de la tradición, de los miedos heredados, de los prejucios, del rechazo a todo lo que no podemos comprender... vamos, si realmente dejaramos que la evolución del pensamiento entrara en nosotros y como única religión tuviéramos el respeto a los demás y el tratar que al menos nuestro pequeño mundo, nuestro entorno más inmediato, fuera un poco mejor, si nos empleásemos cada uno de nosotros a fondo para hacer de este mundo un lugar mejor del que hemos heredado... quizá fuera posible no necesitar un paraíso ficticio pero.... ¡el miedo...!

Antes (ahora también pero menos) se discriminaba a los negros, ahora hay otros "negros". Ahora mismo para algunas personas lo peor es ser gay... así que... y ser mujer en muchos países y cerrando un poco más el círculo, en algunas familias, no es precisamente un chollo. Lo realmente terrible, y además no tiene remedio y la educación no te salva, porque ni siquiera tienes acceso a ella, es ser pobre y con esta mierda de crisis que en palabras de Saramago "es un atentado contra la humanidad", cada vez el abismo es más insalvable porque además se tiene miedo al contagio ( la pobreza, la homosexualidad... se contagian)


No te digo nada si eres pobre y mujer, o pobre y niñ@... ¡Para qué queremos fabricarnos un infierno ficticio si el de verdad habita cerca de nosotros y lo construímos entre tod@s!


Merceces Asenjo

jueves, 29 de octubre de 2009

El Cenit del Pincho


Hay días en los que el ánimo se te revuelve desde primeras horas de la mañana. Esos días es mejor no llevarme la contraria. O sea, que no lo hagas.

Esta revolución anímica viene a cuento de la constatación de lo poco o nada que les interesa a nuestros próceres, curas incluidos, que abramos un poco nuestras mentecatas mentes.

Es bochornoso ver como unos y otros , políticos y curas, se esfuerzan en crear “bancos de piedra al sol” para jubilados (ellos, la hombría con sus cosas masculinas) y talleres de macramé o recuperación del bolillo para las jubiladas (ellas, pegadas a sus labores como siempre), mientras a todos los demás (infancia incluida) nos despachan la modernez contemporánea vestida de “pincho” (o tapa, que también recibe ese nombre).

Lo más moderno y contemporáneo que se puede hacer en esta “jodida” (porque estamos bien jodidos) ciudad, es ir de pinchos. Que si el de las Ferias, que si el de la Seminci, que si el Colombino, que si el del Concurso Nacional, que si para “noséqué” acto, evento o cosa vamos a hacer “noséqué” pincho, tapa, postre o plato, en fin, que siempre hay un pincho para un descosido, ¿o era un roto?.

Nos gobiernan, instigan y dirigen desde el pasado para mantener su presente impidiendo nuestro futuro. *(¡Pedazo de frase! Y esta sí que es mia.)

Se trabajan su jubilación para que sea igual que las del presente pero con más pasta. Somos el puñetero geriátrico cultural de Europa y lo peor es que nos empeñamos en seguir siéndolo. Se cercena cualquier intento de asentar en nuestra cultura un atisbo de contemporaneidad. Sólo se soporta aquella, consensuada por curas y políticos, que no contraviene sus intereses. Nos niegan la mayor, soportan la evolución pero solo la asumen cuando no queda más remedio, cuando es inevitable o sirve a sus intereses.

Pertenezco a una generación cabreada, tengo más de cuarenta, una generación ahogada, sojuzgada por “el respeto a sus mayores”, aunque en su inmensa mayoría estos sean una generación inculta, analfabeta, sin horizontes, con la juventud, la educación y la infancia perdidas por culpa de una puta guerra y un yugo de más 40 años. Una o dos generaciones a las que hicieron creer que ir de romería y bailar pasodobles era el colmo de la diversión y la exaltación cultural. “¿Pa qué saber más?”. En aquellos años el resto del mundo crecía, incluso el que estaba más cerca, pero era mejor encerrarse y no preguntar porque “pa eso semos los mejores”. Lo malo además es que parte de esa generación convenientemente domesticada por el miedo, dirige nuestros destinos y presume de tener criterio a pesar de carecer de ciencia.

Y así estamos, igual que entonces. Porque toda esa generación, toda esa pobre gente son mayoría y además en general votan aquello que no les inquieta, es decir los bancos al sol y la muy necesaria recuperación de las artes del bolillo y el bordado, que a la vez son inspiración para el pincho titulado "Banco de morcilla al sol de la lumbre de carbón, con encaje de bolillo de caramelo de azafrán crujiente, sobre sirope de setas con sabor de antaño". Todo un referente cultural y por supuesto el cénit de una cultura lanzada más allá del siglo XXI.

“Castilla y León, Tierra de Sabor” (a rancio).

Javier Esteban

viernes, 31 de julio de 2009

“Y digo yo, ¿qué necesidad?”


Todos los fundamentalismos se caracterizan por administrar una idea, una “palabra”, un “libro” o un discurso dando una sola interpretación, para ellos la única posible y convirtiendo esa “palabra”, idea, discurso o “libro” en el centro, motor y destino de la vida humana.

Para ello justifican la existencia de la vida y de todo cuanto nos rodea en base a una razón preexistente a la propia idea de vida. Fuimos, somos imaginados antes que creados. Siempre con un propósito subyugado a la voluntad suprema que nos creó. Es decir somos creados para ser esclavos, lo máximo a lo que podemos aspirar, nuestro premio es loar eternamente a nuestro hacedor, es decir fuimos hechos para ser esclavos de su ego.

El castigo por no cumplir las condiciones para alcanzar su dulce compañía en el más allá, suele ser joderte en el más acá, si es posible cruel y ejemplarmente mejor. Así mientras te ayudan a cruzar el umbral hacia otra existencia, aseguran la pervivencia de su administración, con sus funcionarios, intérpretes, agentes y mandatarios.

Es curioso lo nada democrático que es creer. No es un Sí o un No, es un Sí o Sí.

¿Para qué el libre albedrío si el fin es carecer de él, es decir aceptar libremente tu condición de esclavo ”loante”?. Cualquier ser superior inteligente capaz de generar existencia y con ganas de tener una corte de adoradores se la habría fabricado sin andarse con rodeos.

Elegir entre ser esclavo del bien o esclavo del mal. O sea, elegir entre ser esclavo o esclavo.

Si la cuestión es servir y uno debe encontrar en esa idea la máxima felicidad posible, ¿para qué sirve la idea de libertad?, ¿libertad es haber tomado la decisión “correcta”?. Yo en mi insípida ignorancia creía que libertad es tener la posibilidad de equivocarse, sobre todo cuando no hay pruebas palpables de lo que se supone único, veraz y correcto.

<<¡Coma caca!, miles de millones de moscas no pueden estar equivocadas>> (o sí).

Si no has sido obediente aquí, en el más “allí” te castigarán y además el castigo será eterno y sin posibilidad de redimir condena (por lo menos es así de momento).

¿En qué cuerpo o imagen sufrirás el castigo?, ¿duele, quema, desasosiega?. ¿Cual es nuestro físico o apariencia en el más allá?, ¿la que teníamos cuando cruzamos?, ¿nuestro mejor momento?, ¿ninguna por que somos una especie de luz?. No sé, creo que alguna pista tendrían que habernos dado, pero estas últimas disquisiciones sobre tiempo y forma las dejo para otro momento. Ahora, por si acaso, me voy a confesar.

Javier Esteban